Es un día como cualquier otro en el Hospital Roosevelt. Solo el clima ha cambiado: se sienten los fuertes vientos y las bajas temperaturas, aunque en el centro asistencial el frío es permanente.

Ya pasaron 70 días desde aquella mañana del miércoles 16 de agosto, cuando el hospital se convirtió en campo de guerra. Las marcas de las balas aún están en la pared,como también están impregnadas en la memoria de quienes estaban allí cuando 8 pandilleros atacaron para liberar a uno de sus líderes quien, bajo argucias de necesitar exámenes médicos, salió de la prisión para escaparse.

Hoy, en esta mañana fría de finales de octubre, la enfermera anestesista Floridalma Gómez, de 53 años, sujeta su cabello con una redecilla y viste su uniforme gris. Está lista para entrar al quirófano, pero antes, toma unos minutos para esta entrevista. Al otro lado de la pared, los doctores operan a un hombre. Aún llora cuando revive las escenas de la mañana del ataque armado, cuando murieron 7 personas, entre pacientes y compañeros de trabajo.

“Recordar esos momentos es difícil, es triste ver que se ha perdido el amor a las personas, es muy duro porque ya no existe respeto al prójimo, la vida de las personas no vale nada en las manos de las personas que hacen el mal”

Los pandilleros que dispararon, dejaron marcas en la vida de esta enfermera. En ese momento, dice que pensó que estaba preparada para morir.

“Lo primero que hice al salir fue darle gracias a Dios, llamé a mi familia y les dije que estaba fuera de peligro. Si me toca morir también estoy preparada”

Esa mañana no fue la primera vez que la anestesista vio a pandilleros en el hospital.

“Todos los días atendemos a estas personas, siempre vienen baleados, casi siempre estamos atendiendo a los pandilleros, yo hago turnos en el área de recuperación y cuando ellos despiertan siempre les hablo de Dios y les digo que se arrepientan. Hay una segunda oportunidad”

Floridalma ha laborado durante 23 años en el Hospital Rooselvelt. Empezó esa carrera por pura vocación, dice, aunque nunca experimentó tanto terror. Ese día además de llenarse de indignación e impotencia, su memoria grabó, para no olvidar, las imágenes del caos.

“Lo que a mí no se me borra de la mente fue cuando me subí a la ventana y vi a la gente correr, ver a la ancianita que se cayó con su muletas y nadie la levantó eso lo tengo presente y me duele mucho”

Su vida sigue y, mientras se alista para un turno más, afirma que, mientras pueda, no solo sanará las heridas físicas de los pandilleros. También tratara de sanar las del alma.

Escuche la nota completa aquí