Le propongo alejarse por un minuto de la aldea. Vayamos hacia Perú, donde Keiko Fujimori (símil casi perfecto de Sandra Torres hasta hace unas semanas cuando logró por fin el ansiado triunfo) se estrena en el poder. Las redes sociales, Tik Tok sobre todo, muestran a una mujer más bien joven (¿otra similitud con aquella?) quien se dirige a la cámara con afabilidad y desenvoltura, sin la actuación forzada de Claudia Sheinbaum o la de Pedro Sánchez en España.
Vea al alcalde Mandani en Nueva York también. Gobiernan proyectándose sin intermediarios ante los ciudadanos de su país y el mensaje resulta menos importante. Lo que importa es que se vea genuino, natural. El personaje es el mensaje. Fujimori parece especialmente buena para lograrlo. Cocina junto a sus hijas, conversa sobre sus difuntos padres con su hermana, saluda a su ex marido y a su nueva pareja durante la toma de posesión a la cual los invitó.
Su partido político, su gabinete personal, su equipo completo de gobierno, no aparecen ante la cámara. La institución es ella. Keiko Fujimori se explica sin intermediarios. Visita a los damnificados de un terremoto en Junín e inaugura para ellos, al día siguiente de iniciado su gobierno, unos pequeños módulos de vivienda temporal montados en un campo yermorecibidos con grandes aplausos.
Aparece en una barriada de Lima, pobres entre los pobres y con polvo hasta en el pelo, en la pequeña tiendecita de una mujer amilanada por la delincuencia. Lleva dos días de no abrir su negocio. Keiko la llama “emprendedora” aunque la buena mujer no hace otra cosa que vender de la manera menos creativa tiras de frituras y golosinas y pastas baratas y bebidas gaseosas y esas cosas. La mujer le confiesa a la Presidenta que no votó por ella pero una vez electa, que haga favor de proporcionarle tranquilidad. Y Keiko le anuncia ahí mismo la novedosísima iniciativa de crear patrullajes conjuntos de policías y militares, la toma de control de las cárceles para ejercer dominio real sobre los reos, su determinación de ponerlos a trabajar dentro de los penales para ganarse su comida y algún otro ingrediente de la invariable receta de la seguridad ciudadana de la derecha en Latinoamérica.
Pero sus videos son exitosísimos. Le valieron por fin la Presidencia. No la ganó estrictamente dentro de Perú, sino gracias al voto de los peruanos que viven fuera quienes le dieron la ventaja mínima -muy probablemente influenciados por esos videos constantes en Tik Tok-, para alcanzar por fin, después de cuatro elecciones fallidas, el poder.
El poder público que se ha convertido en una empresa personalísima, donde el candidato, luego gobernante, encarnan el proyecto entero. Los partidos políticos son prescindibles y sólo necesarios en términos formales. La ideología tampoco es demasiado relevante. Como el tacuche que viste al cuerpo, poco más. El candidato, en tanto sea un influenciador exitoso, con buen desempeño en redes sociales, inspirador de simpatía y capaz de hacer queel votante se identifique con él, es lo único que cuenta.
El candidato es el vehículo ahora.
Por eso Neto Bran tiene todas las de ganar en Guatemala. Su histrionismo y su actitud campechana, su impostado personaje que al mismo tiempo es creíble por exagerado como ocurre con los actores de teatro, lo hace pese a todas sus contradicciones y sus notarias limitantes, casi imbatible. En comparación, Carlos Pineda inspira mucha menos simpatía y mire que él no es malo para actuar ante la cámara. Sandra Torres tiene al lado de Neto tanta soltura como una de las estelas de Quiriguá. Y Roberto Arzú se toma demasiado en serio a sí mismo para hacerle la competencia. Zury Ríos es la directora del colegio siempre entrance de sermonear a sus alumnos cuando les habla. Y Hugo Peña, encaramado en la plataforma de una caja de aguas gaseosas, daría para más si no proyectara esa pretendida superioridad sobre el mundo.
Neto Bran ha dicho que se queda en el partido Creo como su vehículo electoral y Creo estará dispuesto a aceptarle cualquier cosa con tal que cumpla su palabra. Si hay que dejarse extorsionar para conseguir el finiquito de la Contraloría, pues así se hará. Si es menester recibir a cualquier impresentable en los listados de candidatos, se recibirá sin mayor empacho.
El influencer es el candidato y luego el gobernante será un actor de squetch diario ante las cámaras y en las redes sociales.
Nadie mejor hecho para jugar ese papel. Tan acorde con los tiempos que nos gastamos.
