Primero fue el asesinato de Juan Francisco Solórzano Foppa en el Campo de Marte.
Ahora son las amenazas y el seguimiento contra quienes, como Edgar Ortiz y Marjorie von Ahn, de Poder Ciudadano, promueven una indispensable reforma constitucional para empezar a arrancar de las garras de la mafia al sistema de justicia.
A partir de esos hechos que nos refieren al pasado violento se ha instalado en el país un clima de desasosiego. Es el retorno de la violencia política. Y se ha establecido la certeza de que se requiere mucha mayor autoridad para ejercer control sobre las fuerzas de seguridad y hacerlas rendir apropiadamente a favor de la ciudadanía. El gobierno de Bernardo Arévalo no inspira confianza en esta tarea. Por el contrario, hace sentir que las viejas prácticas de manipular investigaciones, encontrar chivos expiatorios, implantar pruebas, actuar de manera impune contra la ciudadanía, siguen vigentes y eso es inaceptable en un régimen democrático.
Estamos a pocos días de cumplir un mes de la matanza presumiblemente cometida por fuerzas militares guatemaltecas en Huité, Zacapa y aún el gobierno no ha querido ofrecer una explicación completa de los hechos frente a las mentiras iniciales.
Pero es absurdo que esta violencia incontrolada y este abuso de parte de las fuerzas de seguridad contra la ciudadanía, sea capitalizado ante el votante por quienes a lo largo del tiempo se han mostrado a favor de las mafias que hoy carcomen al Estado. Creerles en ellos sería más que ingenuo.
Si lo que necesitamos en Guatemala es justamente lo opuesto. Una Policía profesional, con amplios recursos tecnológicos y logísticos, pero sometida absolutamente a valores democráticos. Un Ministerio Público que recupere las capacidades y destrezas que cobró a partir de la llegada de Fiscales de primer orden y cuyos integrantes fueron expulsados en venganza por los corruptos y por los graves violadores de derechos humanos durante la guerra. Necesitamos un sistema de justicia que no haga equipo con quienes se roban los fondos públicos, jueces y magistrados que se venden a cambio de favorecer a las elites y que persiguen a quien no se alinea con los intereses de éstas. Nos urge un auténtico, verdadero, sistema penitenciario y no la colección de malas cárceles que hoy tenemos, donde manda el presidiario y desde las cuales se sigue cometiendo crímenes.
Esto no lo han querido hacer a lo largo de décadas la inmensa mayoría de figuras que hoy se rasgan las vestiduras diciéndole a usted que se debe sustituir a Arévalo por una mano muy dura. Sin duda, necesitamos firmeza, pero no la que representa el pasado, emparentado con esa violencia que hoy nos acongoja.
