Al carajo con la democracia liberal
El elector que imaginaban los teóricos parece estar siendo sustituido por un consumidor de emociones, ocurrencias, imágenes y espectáculos políticos.
Publicado el 30 Oct 2026

Robert Dahl sostenía que la democracia necesitaba ciudadanos informados, capaces de participar en la vida pública, debatir alternativas y elegir entre distintas propuestas políticas. Giovanni Sartori insistía en que la democracia representativa descansaba sobre una opinión pública relativamente autónoma, formada mediante la información, la deliberación y el contraste de ideas. Ambos entendían que votar era mucho más que depositar una papeleta en una urna. Era, o debía ser, el resultado de un proceso de reflexión sobre quién debía gobernar, para qué y cómo. Pues bien, buena parte de aquello parece estar yéndose al traste.

La democracia liberal sigue conservando formalmente casi todo, aunque está cambiando el comportamiento de quienes deben darle sentido: los ciudadanos. El elector que imaginaban los teóricos parece estar siendo sustituido por un consumidor de emociones, ocurrencias, imágenes y espectáculos políticos.

Sartori lo advirtió en Homo videns. La sociedad teledirigida, cuando explicó cómo el predominio de la imagen sobre la palabra estaba transformando al Homo sapiens, acostumbrado al pensamiento abstracto, en un individuo cada vez más condicionado por aquello que veía, particularmente en TV. Su preocupación era que la imagen terminara desplazando al razonamiento, y eso lo escribió cuando las redes sociales y la inteligencia artificial todavía no habían alcanzado el protagonismo actual.

Hoy la situación supera sus advertencias. Un candidato puede dedicar meses a elaborar un programa de gobierno que nadie leerá, mientras un baile ridículo, una frase ingeniosa o una ocurrencia difundida en redes consigue millones de reproducciones. Una propuesta seria de reforma fiscal difícilmente competirá con un corto video en el que el aspirante aparece bromeando, insultando o protagonizando alguna extravagancia.

Por estas coordenadas aparecen candidatos bailando, cantando, haciendo bromas, repartiendo regalos, participando en espectáculos populares o intentando convertirse en héroes de ficción. Algunos más interesados en conseguir seguidores que en explicar cómo resolverán la inseguridad, el deterioro de las carreteras, la crisis hospitalaria o la baja calidad de la educación.

Además, ahora es posible fabricar imágenes de candidatos en situaciones que nunca ocurrieron, reproducir voces, simular declaraciones o construir escenas destinadas a despertar simpatía, miedo o indignación. Un rumor acompañado de una imagen convincente puede circular miles de veces antes de que alguien compruebe su autenticidad. Y cuando llega la rectificación, el daño puede estar hecho.

Así, el debate político termina convertido en una competencia por la atención. Importa menos tener razón que conseguir reproducciones, menos demostrar capacidad que despertar simpatía y mucho menos explicar un proyecto que fabricar una identidad emocional con la que los seguidores puedan identificarse.

Sería ingenuo pensar que alguna vez existió un electorado completamente racional. Las emociones, los prejuicios, las lealtades partidarias y el carisma siempre han influido en las elecciones. Dahl y Sartori tampoco desconocían esas limitaciones. La diferencia está en la velocidad, el alcance y la capacidad tecnológica para explotar esas debilidades. Antes, una mentira necesitaba tiempo y canales para difundirse, además de pasar más filtros; hoy puede alcanzar a millones de personas en cuestión de minutos.

Paradojicamente nunca tuvimos tanto acceso a información y, sin embargo, eso no garantiza ciudadanos mejor informados. Disponemos de más medios para conocer los programas de gobierno, comparar estadísticas, investigar antecedentes y contrastar declaraciones, pero buena parte de la conversación política parece girar alrededor de memes, rumores, videos y ocurrencias.

La democracia liberal no desaparecerá mediante un golpe de Estado, puede degradarse con elecciones perfectamente organizadas y ciudadanos que acuden libremente a votar sin haber examinado seriamente a quienes pretenden gobernarlos.

¡Nos vamos al carajo, aunque con millones de reproducciones en video clips!

Pedro Trujillo
Pedro Trujillo

Socio fundador de ConCriterio, S.A., empresa de generación de contenidos periodísticos. Profesor universitario y conductor de radio y TV