Las encuestas sobre las elecciones de 2027 dejan una sensación inquietante. Los nombres que aparecen posicionados son prácticamente los mismos de siempre. Algunos con amplias trayectoria de inútil insistencia y otros con elevados niveles de rechazo, y ninguno capaz de despertar un entusiasmo mayoritario. Al mismo tiempo, distintos estudios de opinión muestran un profundo cansancio ciudadano hacia la oferta política tradicional y un amplio espacio para nuevas opciones.
La conclusión parece evidente: gran parte de los guatemaltecos no espera que las respuestas políticas provengan de quienes han dominado la escena, pero tampoco parece existir tiempo suficiente para que una nueva figura logre construir una candidatura nacional sólida.
No es un problema nuevo, sino que estamos frente a la consecuencia natural de un sistema extraordinariamente fragmentado. En 2023, Bernardo Arévalo pasó a la segunda vuelta con alrededor del 11,7% de los votos válidos emitidos en la primera ronda, cifra que equivale aproximadamente al 7% del padrón electoral. Posteriormente obtuvo la victoria en el balotaje y adquirió la legalidad constitucional. Sin embargo, el dato inicial sigue siendo revelador: quien terminó gobernando era, en la primera decisión libre de los electores, la opción preferida de una minoría muy reducida del total de ciudadanos inscritos.
Estamos frente a un sistema que permite que cualquier candidato con un apoyo inicial relativamente pequeño pueda llegar al poder si logra convertirse en el «mal menor» frente a su adversario. Esa dinámica explica buena parte de la inestabilidad política que vive Guatemala: presidentes con escasas bases propias, Congresos profundamente divididos, ausencia de acuerdos nacionales y gobiernos obligados a improvisar alianzas coyunturales para sobrevivir políticamente.
Quizá haya llegado el momento de una alternativa ¿Por qué no pensar en un gobierno de coalición? No un reparto burocrático de ministerios entre partidos, como se ha visto en otros lugares, sino una coalición construida antes de las elecciones alrededor de un programa común y limitado. Un acuerdo que no pretenda resolver todas las diferencias ideológicas ni todos los problemas, sino concentrarse en unos pocos objetivos nacionales compartidos.
La seguridad ciudadana, el combate al crimen organizado, la recuperación de la infraestructura, la atracción de inversión, la generación de empleo, la modernización del Estado y el fortalecimiento de la justicia son prioridades que difícilmente podrían situarse en un único lado del espectro ideológico. Sobre esos objetivos podría edificarse una alianza amplia que integrara distintas sensibilidades políticas, sectores sociales, empresariales, académicos y sociedad civil. También permitiría conformar un gabinete basado en competencias técnicas y no únicamente en cuotas partidarias. El resultado sería un gobierno querepresentara a un porcentaje considerablemente mayor del electorado que cualquier partido por sí solo.
Muchos dirán que Guatemala no tiene tradición de gobiernos de coalición, y precisamente por eso merece la pena comenzar a discutirlo. Las democracias maduras no se fortalecen únicamente mediante elecciones competitivas, sino también mediante la capacidad de construir consensos cuando la sociedad se encuentra profundamente fragmentada. La alternativa ya la conocemos. Seguir esperando al próximo outsider que prometa cambiarlo todo, para descubrir tiempo después que gobernar un país dividido exige mucho más que carisma o buenas intenciones. Demasiadas esperanzas depositadas en salvadores individuales y muy pocas en proyectos colectivos.
Tal vez la elección de 2027 no necesite encontrar al próximo líder providencial, sino algo bastante menos épico, pero mucho más útil: reunir a quienes piensan distinto alrededor de un puñado de objetivos nacionales compartidos. Porque la mejor forma de gobernar no consiste necesariamente en que uno gane y los demás pierdan, sino en conseguir que el mayor número posible de ciudadanos sienta que forman parte de la solución.
