El electorado guatemalteco es una especie de huérfano impenitente que busca al buen padre que añora o extraña. El político nacional entiende esto de manera intuitiva y procura responder a esa búsqueda con una promesa que satisfaga la demanda del momento.
¿Es un padre/madre fuerte, dispuesto a castigar y corregir el mal comportamiento de los niños díscolos a quien se buscará en 2027? Todos prometen ser tan duros o más duros que Bukele contra los pandilleros ¿O es la figura del benefactor, del hombre/mujer bonachón siempre solicito para responder a las mayores necesidades del desvalido votante el que se reclamará en las urnas? Piense en esos alcaldes que buscan la reelección y no cesan de regalar cartones de huevos, bolsas de verduras cerca de pudrirse, sillas de rueda o láminas para reparar el techo de una escuela pública a punto de desboronarse.
Bernardo Arévalo no representaba en 2023 ninguno de esos dos anhelos básicos. La elección inusitada de un candidato desconocido para las grandes mayorías fue una anomalía en el modelo habitual como respuesta a la descarada manipulación del sistema electoral. Ante la exclusión de cualquier candidato que no fuera confiable para el esquema depredador de gobierno, que exige impunidad para la corrupción, un porcentaje pequeño pero sólido de votantes -sobre todo urbanos- decidió rebelarse. Bernardo Arévalo no necesitó ser demasiado atractivo como candidato. Alejandro Giammatei, Consuelo Porras y los operadores del gran capital, como Ricardo Méndez Ruiz, eran suficientemente repulsivos para proveerle de sex appeal.
Dése hoy una vuelta por las redes sociales para tratar de entender la oferta que los aspirantes a la Presidencia.
En su mayoría, se muestran como hombres/mujeres fuertes, decididos, eficaces, en un esfuerzo por contrastar con la imagen de un gobernante visto como todo lo opuesto. Ellos prometen que sí tomarán decisiones. Aseguran que resolverán sin dilación problemas que hoy se postergan o se atienden con parsimonia. Y todos sin excepción juran que serán implacables con los criminales. Con los pandilleros y con los traficantes de droga. Y que usarán al Ejército para traerle paz y calma a los guatemaltecos. Que se alinearán con la Secretaría de Guerra de Washington para abatir al narco.
Pero después de lo ocurrido en Huité, Zacapa, donde se ha producido una matanza de civiles desarmados hasta hoy inexpilcable como no sea que la condujo la propia fuerza de seguridad, elementos del Ejército, ¿cómo se conciliará electoralmente esa promesa de ser durísimo contra los malos y de recurrir a los militares con la evidencia de abusos injustificables?
Lo que Huité nos deja, además del luto, del dolor, del desconcierto, es un cuestionamiento de fondo para el país. Saca a flote nuestra contradicción. No se puede simplemente improvisar. Ni siquiera para seguirle la corriente a Washington o para darle esperanza a un electorado. Necesitamos instituciones sólidas para atender problemas de fondo, no alharacas de poder que pueden resultar muy mal.
Pero entonces, ¿cree usted que será la imagen del bonachón regala de todo la que se reclamará en las urnas en 2027?
Ahí Neto Bran, emproblemado financieramente, lueguito levanta la mano.
