El fracaso sonoro de los estudiantes guatemaltecos en la prueba que mide conocimientos y destrezas básicos en muchachos de alrededor de 15 años de edad ha servido como el baño de realidad más importante para el país en muchas décadas. Quienes se sometieron al examen estandarizado por parte de Guatemala compitieron contra sus pares en todo el mundo. Guatemala quedó entre los cinco últimos. Es el de peor rendimiento de América Latina. Pero eso no es lo peor. Los muchachos que asisten a la secundaria representan nomás al 55 por ciento de los jóvenes en edad de hacerlo en el país. El restante 45 por ciento no estudia, sea por sus condiciones miserables de vida, por la falta de acceso a la educación o por cualquier causa pero no estudia. Esto es, que se encuentran en una situación de mucha mayor deventaja que la de quienes asisten a colegios e institutos del país y quedan tan mal calificados con respecto al mundo.
En otras palabras, la pobreza tiene gran futuro en Guatemala.
Esta es la prueba del inmenso fracaso del modelo económico y político de Guatemala. Quien estudia, sólo alcanza un conocimiento menos que mediocre. Y casi la mitad de la población ni siquiera alcanza eso. En materia de educación, no capta nada.
De manera que no hace falta ser muy despierto -ni sesgarse ideológicamente- para entender que la desigualdad entre las personas en Guatemala es la principal barrera para educar a la juventud de país. Al grado de dejar excluida al 45 por ciento de la población.
Luego vienen una prolongada lista de razones que contribuyen a que quienes sí estudian lo hagan con tan escasos resultados. La educación privada y pública en general es igualmente mediocre (con la excepción de los colegios de elite). El país invierte menos que toda la región en educar a sus hijos y cuando incrementa algo en ese presupuesto habitualmente lo dirige a mejorar el pago de los maestros para satisfacer las demandas del sindicato. No lo invierte en formar a sus maestros, ni en evaluar nuevos métodos educativos, ni en forzar a los colegios privados a responder a la inversión de los padres en el pago de cuotas.
El Estado incumple su obligación de dar clases a todos los niños y jóvenes guatemaltecos. Deja casi el 70 por ciento de la población en edad de asistir al bachillerato sin oferta de educación pública. Y esa ausencia se subsana con una educción privada muy mala y fraudulenta.
Escuelas e institutos públicos desperdician demasiados días sin clases. No hay mecanismos de evaluación real de la calidad de los maestros y de la efectividad de su trabajo para el éxito de los alumnos y los profesores han sido vistos más como una clientela electoral por los gobiernos que como un activo estratégico para mejorar las oportunidades de los jóvenes.
Frente a tal desastre Guatemala tiene mucho qué hacer.
Atraer al 45 % de los jóvenes que no estudian. Ofrecer las aulas y los catedráticos suficientes para garantizar el derecho a la educación.
Capacitar a los maestros con estudios universitarios de calidad para asegurar que las clases serán de utilidad para los alumnos.
Sustituir métodos de enseñanza obsoletos e incluir el uso de dispositivos electrónicos pero sin restarle importancia a la lectura y al propio libro impreso. Dar acceso a plataformas educativas nuevas que permitan a los jóvenes formarse mejor. Generalizar la enseñanza efectiva del idioma inglés como lengua extranjera.
Guatemala necesita imponerse y asumir metas asequibles pero siempre incrementales para salir del agujero de fracaso en que se encuentra.
