Jolgorio: Bernardo cayó al fondo
¿Es esto evitable para un gobernante guatemalteco que no transforme al ineficaz estado nacional?
Publicado el 18 Sep 2026

Ha sido como una visita a destiempo del gordo de Santa Claus. La medición de septiembre de CB Global Data, que mes a mes muestra la favorabilidad para los presidentes latinoamericanos, coloca a Bernardo Arévalo como el menos apreciado de todos los gobernantes. Y sus críticos y opositores, afectados aún por la derrota electoral del 2023, quemaron cohetes y preguntaron por el tamal mientras se abrazaban gozosos. Bernardo, el peor de todos. ¡Y tan pronto!, se decían entre sí quienes celebraron la anulación con malas artes del partido Semilla que llevó al poder a Arévalo.

En fin, todo es cierto. El presidente Arévalo ya es tan despreciado por los guatemaltecos como todos sus antecesores. Como todos, porque no hay uno que se salve.

Sean de derecha o de tímida izquierda, como Bernardo, todos los gobernantes del país desde el inicio de la era democrática ha entrado al cuarto año de poder con el rechazo de la mayoría de la poblacion. En el caso de Arévalo, con la desaprobación de tres cuartas partes. Y sin embargo, pocos se preguntan, ¿subyace un patrón en común en esa insatisfacción con todos los gobiernos de parte de los ciudadanos?

Hasta antes de Arévalo, el patrón en común de los gobernantes ha sido la corrupción rampante. La priorización del enriquecimiento de los funcionarios y patrocinadores como objetivo uno de la administración.

Eso cambió con Arévalo. Y sin embargo, el Estado siguió siendo igual de infuncional, de incapaz, para darle satisfacción a las personas en asuntos elementales. Desde construir carreteras hasta gastar menos en curarse de cualquier mal.

Bien puede atribuirse esta incapacidad a la escasa experiencia en administración pública de muchos funcionarios de Arévalo. Pero sus antecesores tuvieron a grandes linces al frente de ministerios y lo cierto es que, con la excepción notoria del gobierno de Alvaro Arzú y en menor medida el de Oscar Berger, la red vial no mejoró gran cosa. Lo que sí mejoraba era el caudal personal de los ministros y constructores.

Lo mismo puede decirse en Salud y algo parecido en Educación. Cada gobierno se muestra lerdo, moroso como paquidermo, para avanzar un centímetro en ampliar cobertura o mejorar calidad de servicio.

El Estado guatemalteco es choyudo, ineficaz hasta para los asuntos más urgentes como luchar contra la desnutrición o prepararse contra las sequías recurrentes. Su burocracia, sus instituciones, son, la primera, muy poco capaz, las segundas, anacrónicas.

Y no será hasta que se inicie una transformación seria de esas instituciones, hasta que se obligue a quienes ocupan los puestos medios y bajos del aparato estatal, estén sindicalizados o no, a cumplir eficazmente con sus obligaciones, a pasar evaluación anual, a rendir con base en metas, que el país podrá ver avances reales en algún aspecto. Empiece usted por los maestros de educación primaria y de estudios básicos en el sector público. ¿Ganarían ellos la prueba Pisa que sus antiguos alumnos acaban de perder?

Tome por otro ejemplo la Dirección General de Caminos, desmantelada en su momento por Alvaro Arzú y convertida luego en un nido de enriquecimiento ilícito y apresurado. Es una de las primeras instituciones que urge sanear y transformar si queremos volver a tener carreteras nuevas y mejores.

Sin una reforma básica del Estado, a todos los gobernantes les tocará la misma suerte que a Arévalo y a sus predecesores. ¿Cómo era que decía Alejandro Giammattei? ‘…no quiero ser visto como otro hijo de puta más’.

Juan Luis Font

33 años de hacer periodismo, reportear, conducir, fundar y dirigir medios.