El alcalde como enemigo
La sentencia es condenatoria para quienes han cobrado y administrado los fondos del Impuesto único sobre Inmuebles.
Publicado el 14 Ago 2026

Los diputados le reducen a las municipalidades -que en su mayoría han malutilizado los fondos públicos- la posibilidad de obtener ingresos de sus vecinos. Cuando el gobierno de Alvaro Arzú y su bancada en el Congreso promovieron el cobro del Impuesto Unico sobre Inmuebles (IUSI), buscaban dotarle a las municipalidades de fondos propios proveídos por quienes viven en su territorio. El IUSI era entonces visto como un impuesto progresivo porque debe pagar más quién tiene la propiedad más cara y era visto como una manera de descentralizar tanto la recaudación -las municipalidades debían desarrollar sus catastros municipales para hacer efectivo el cobro- como la capacidad de ejecución. Se buscaba que el municipio no dependiera de un Estado central que apenas recauda lo básico. Guatemala es aún el país en el continente que menos ingresos le ofrece a su Estado después de Haití. Bendito sea Haití que, como solía decir Dina Fernández en sus columnas, nos gana en iniquidades.

Se pensaba que el municipio, con sus propios fondos proveídos por los vecinos, desarrollaría un círculo virtuoso de inversión en los servicios esenciales. Abastecimiento de agua potable para todos. Drenajes para conducir las aguas servidas y ojalá, plantas de tratamiento para devolver limpio lo que se ha tomado de la naturaleza. Manejo apropiado de los desechos sólidos o la basura. Calles pavimentadas y vías de acceso. Sistemas de transporte colectivo. Planes de ordenamiento del territorio y planes de desarrollo conocidos por todos. Ya luego vendría aquello que le otorga otro nivel de calidad de vida al vecino. Parques y áreas de esparcimiento. Bibliotecas y ludotecas. Acceso al internet. Canchas deportivas.

Pero las cosas no funcionaron de esa manera.

Antes de 1988 los alcaldes no podían autorizarse a sí mismos aumentos salariales. Los Concejos Municipales sólo podían decidir sobre el pago de dietas y salarios para sus integrantes en el siguiente periodo. Y no había reelección autorizada de alcaldes. Pero a partir de esa fecha la figura del alcalde que se reelige una y otra vez se repite en gran cantidad de municipios. Y los ingresos de esos jefes municipales se han disparado hasta el cielo. Municipios paupérrimos le pagan salarios de gerente de empresa multinacional a sus alcaldes que además se contentan con hacer escasa obra, sin coherencia con las necesidades más sentidas del municipio  mientras reparten láminas, bolsas de verduras o ponen grandes pantallas en los parques para transmitir partidos de fútbol para la clientela que los reelige. Incluso, financian equipos de fútbol con fondos municipales.

Para desgracia de los diputados y los vehículos electorales que les llevó a ser electos, el alcalde además se ha convertido en un ente políticamente autónomo, útil para acarrear voto el día de las urnas, pero desconectado del partido y con frecuencia proclive a hacer acuerdos con el gobierno central cuando éste le abre el chorro del presupuesto nacional con fondos extraordinarios.  Claro, hablamos de partidos que funcionan como meros vehículos electorales, concebidos como parte de la maquinaria indispensable para extraer fondos públicos pero sin un proyecto propio de país que no sea hacer ricos a sus dirigentes.

Ninguno de estos vicios en los que ha derivado la figura del alcalde se resolverá con la reducción de los ingresos del IUSI. A lo sumo, se hará al alcalde más dependiente del gobierno central y de sus magros fondos.

Si los diputados fueron ligeramente más serios y menos populistas, si no quisieran al mismo tiempo reducir fuentes de financiamiento público (exonerando a los propietarios de viviendas del pago de Impuesto Unico sobre Inmuebles -IUSI-) que incrementar el gasto (comprometiendo al Estado a pagarle una eterna pensión a quienes dicen haber luchado de parte del bando ganador de nuestra guerra interna), las cosas podrían marchar mejor.

O por lo menos, podríamos todos estar más conscientes de los pasos que damos y hacia dónde nos llevan. Con menos fondos a disposición, los municipios no mejorarán en ningún sentido. Pero si los alcaldes no fueran esos tagarotes avorazados a quienes el triunfo electoral les da ocasión de una prosperidad antes desconocida, si los propios vecinos estuvieran más dispuestos a exigir cuentas a sus autoridades municipales, la vida en Guatemala podría ser distinta. Pero no lo es.

Los vecinos aplauden hoy a los diputados y Sandra Torres capitalizará unos cuantos votos a partir de su liderazgo en el entierro del IUSI. Los alcaldes seguirán siendo los mismos. Y las ciudades guatemaltecas carecerán de más servicios y de posibiilidad de desarrollo. Pero los vecinos habremos ahorrado unos cuantos quetzales.

Juan Luis Font

33 años de hacer periodismo, reportear, conducir, fundar y dirigir medios.

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Sobre Juan Luis Font

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