El decreto del presidente Trump que amenaza con nuevos aranceles a cualquier país que provea petróleo a Cuba es un revulsivo estomacal para muchos que, como yo, celebran, en cambio, la advertencia de revocatoria de visas de Washington a magistrados de la Corte Suprema de Justicia dispuestos a elegir a una de sus compañeras pro impunidad para la corrupción como Presidenta.
Una injerencia es buena y otra forma de injerencia es mala.
Así somos de incoherentes algunos humanos.
Quienes ven en la Fundación del Terrorismo una esperanza para librarse de la justicia por sospecha de crímenes cometidos consideran abusivo que a sus dirigentes se les prohíba viajar a tantos países etiquetados como actores antidemocráticos. En cambio, acarician la posibilidad de que por fin caiga el régimen de La Habana con una medida aún más cruel que el embargo económico de 60 años de duración.
¿Por qué es bueno que le revoquen la visa a 100 diputados guatemaltecos en procura de castigo para los magistrados del Tribunal Supremo Electoral por haber certificado la victoria de Bernardo Arévalo y, en cambio, es un atentado al derecho internacional que tropas de asalto estadounidenses entren a Caracas a capturar a Nicolás Maduro?
O viceversa.
A Maduro nadie lo habría sacado de Venezuela y la situación de los reos políticos venezolanos seguiría siendo exactamente la misma de hoy, la de la última década. Liberaciones a cuenta gotas, riesgo de re encarcelamiento siempre vigente.
Al régimen cubano, que ha enviado al exilio a millones de personas y condena a la penuria económica a su población entera, nadie logrará removerlo si no es mediante poderosa presión externa.
¿Pero será negándole el acceso al petróleo, única fuente de generación eléctrica que habrá de cumplirse el objetivo? ¿No es demasiado cruel obligar a salir de operación a los ya famélicos hospitales de la isla?
¿O es más cruel permitirle a la dictadura que el régimen desfalleciente mantenga a su pueblo sometido a la frustración y a la miseria?
Se condena desde Washington la inmisericorde represión contra los manifestantes en Irán, pero se minimiza la división en cubitos del cuerpo de un columnista crítico en el consulado de Arabia Saudita en Estambul.
El mismo castigo ofrecido para quien le brinde petróleo a Cuba se propuso primero para los europeos por no aceptar mansamente la exigencia a Dinamarca de entregar Groenlandia.
Es hora de preguntarse cuán apegados estamos en realidad a ciertos principios. Y en qué posición nos colocamos cuando vemos colisionar a valores como el respeto a la soberanía de un país y la necesidad de ayudar a liberarse del yugo a un pueblo sometido.
Es improbable que México pueda proveerle petróleo de forma constante a Cuba, ni siquiera en cantidades mínimas sin sufrir las consecuencias ya anunciadas por Donald Trump. Pero es cierto que los mexicanos han sido hábiles para eludir el embargo por mucho tiempo.
El fallido sistema cubano ha aprendido a sobrevivir con el embargo y con todo tipo de limitaciones y se ha mostrado tercamente opuesto a abrir su economía, como si lo hicieron Vietnam y China para ofrecerle, si no libertad a sus habitantes, al menos un mínimo de bienestar. ¿Cuál logro de la Revolución Cubana merece a estas alturas ser defendido frente al hambre de su pueblo? Pero, ¿debe el mundo, o siquiera nuestro hemisferio, someter su futuro y su presente, a un poder imperial que decida arbitrariamente qué dictadura es buena -la de Nayib Bukele en El Salvador- y cuál es malsana?
Los dilemas del momento.
