Ojo por ojo pandillero
¿Hay oportunidad real en Guatemala de escapar para una gran cantidad de personas de escapar de la miseria y el crimen?
Publicado el 29 May 2026

A lo mejor usted vio las imágenes de los dos sujetos sorprendidos por la Policía mientas descuartizaban un cuerpo (el cuerpo de un muchacho de 18 años, miembro de la pandilla rival). Uno de los detenidos, de 28 de edad. El otro, de 16.  El adulto fue enviado a prisión. El menor, entregado al sistema de detención de menores en conflicto con la ley.

Cada vez que un hecho semejante es llevado a la discusión en la radio una parte de la audiencia salta como impulsada por un resorte. “Llámelos por su nombre Juan Luis. No son menores ‘en conflicto con la ley’. Son asesinos”, me espeta un oyente. Y lleva razón pues. En sentido estricto, son asesinos y son desalmados. Tanto como para ser capaces de cortar en trozos el cuerpo de su víctima (igual que el médico de apellido Malouf que destazó a la paciente fallecida en la clínica a mitad de un procedimiento y luego intento desaparecer el cuerpo y a quien un juez intentó acomodarle el delito de manera que no debiera purgar prisión por demasiado tiempo).

Pero, ese muchacho de 16 años que no se tienta el alma para acabar con un rival en delitos y para reducir su cuerpo a pedacitos, ¿es culpable único de sus actos o está acompañado de otros culpables? ¿O está abandonado a su suerte por todo el mundo? Los buenos liberales, amantes de la responsabilidad individual dirán “tan responsables como él -menor de edad- son sus padres”. Y algo de razón llevan, claro. Responsables de no haber orientado a su hijo apropiadamente ellos que con seguridad no tuvieron mayor orientación tampoco.

Responsables de haberlo llevado a vivir en el fondo de quién sabe qué barranco en una champa de lámina y cartón a la cual se le cuela la lluvia y de la que difícilmente sale el humo cuando se cocina. Si hay algún alimento qué cocinar, claro. Y no porque no trabajen ni se esfuercen, que muchos lo hacen pero la vida desde abajo es dura.

Responsables de no tener un ingreso apropiado para evitar que sus hijos se mezclen con quienes están perdidos desde muy jóvenes en abuso sexual, alcohol y drogas.

Responsables de no haberlo hecho estudiar y formarse debidamente para hacerse competitivo en la vida.

¿Cuánto cuesta en Guatemala mandar un hijo a la escuela? ¿hay suficientes escuelas? ¿Quién puede costearlo? ¿Qué obtiene el estudiante y su familia a cambio de ese esfuerzo? ¿Se motiva o se desincentiva en el país la educación obligatoria? ¿Garantiza algo esa educación?

¿Cuántas personas viven en la miseria en la propia ciudad de Guatemala y qué significa esa miseria? ¿Agua en tinajas a cada tanto y por un precio difícil de costear? ¿Vecinos dispuestos a robarte a punta de cuchillo cualquier cosa por insignificante que sea? ¿Policía ausente e igual de corrupta que el jefe de la clica?

Uno se puede preguntar con mucha suficiencia, ¿por qué le permitieron los padres -en caso que los haya, claro, madre y padre, o sólo madre, con tanto hogar uniparental como hay en el país-, convivir con los pandilleros? ¿Por qué tanto muchacho termina en las pandillas? ¿Por qué este fenómeno tan amplio y vasto, tan longevo ya, no ha sido nunca abordado con fuerza desde el Estado? Y no me refiero a meter al 8 por ciento de los jóvenes del país en prisión (como en El Salvador). ¿Por qué nunca ha surgido una iniciativa por impedir que los niños de tantas zonas pobrísimas sean captados por las pandillas? ¿por qué las municipalidades ni las iglesias ni los diputados ni nadie se lanzan a montar una campaña por evitar que un niño más sea reclutado por las maras?  ¿Por qué de este tema no habla nuestro liderazgo político sino para prometer ser tan duro como Nayib Bukele y luego terminan siendo inefectivamente blandos?

Hace muchos años, el padre Manolo Maiqueira, un jesuita español, llegó a Guatemala y fue enviado a la parroquia del barrio San Antonio en la zona 6. Pronto conoció a algunos muchachos que vivían bajo el Puente de Belice. Todos estaban amenazados por las pandillas. Todos querían evitar integrarlas pero les resultaba casi imposible a menos que alguien les tendiera una mano. Todos se sentían a punto de ser violados. El padre Maiqueira los adoptó bajo sus alas. Salió a pedir ayudas y montó primero un taller y luego una modesta maquila para darles trabajo y darles estudio. Peleó por ellos como antes no lo había hecho nadie.

Murió el padre Maiqueira muy pronto debido a un paro cardíaco y su esfuerzo fue continuado por los mismos jesuitas pero es por supuesto un esfuerzo muy insuficiente para el volumen de muchachos que necesitan ayuda.

Esta es apenas una gota de agua dulce en un mar salado. Donde la inmensa mayoría de personas quiere nomás castigo contra el delincuente o sus padres. Y ningún esfuerzo por entender cómo ponerle fin a una tragedia inabarcable.

Juan Luis Font
Juan Luis Font

33 años de hacer periodismo, reportear, conducir, fundar y dirigir medios.

Sobre <a href="https://concriterio.gt/author/jlfont/" target="_self">Juan Luis Font</a>

Sobre Juan Luis Font

33 años de hacer periodismo, reportear, conducir, fundar y dirigir medios.