La comodidad de una relación sin resistencia
Una amistad exige escuchar; una pareja obliga a negociar; un compañero puede decirnos que estamos equivocados y los hijos inciden en nuestros planes.
Publicado el 11 Sep 2026

Hay algo inevitablemente incómodo en cualquier relación humana: el otro. Tiene opiniones, intereses y estados de ánimo propios. Puede cansarse de escucharnos, contradecirnos, juzgarnos y, llegado el caso, marcharse. Incluso con quienes tenemos mayor confianza existe algún grado de contención: no decimos todo lo que pensamos ni hacemos siempre lo que quisiéramos.

Pero, una inteligencia artificial ofrece una relación distinta. Está disponible cuando queremos, habla de lo que nos interesa, adapta el tono, soporta nuestras reiteraciones y carece de necesidades que compitan con las nuestras. Podemos interrumpirla, corregirla o abandonarla sin consecuencias y volverá a recibirnos sin reclamos. Nos preocupa saber si las máquinas llegarán a pensar o sentir como nosotros, cuando una transformación mucho más cercana puede consistir en que nosotros comencemos a preferir relacionarnos con ellas. Quizá por eso planteamos mal una parte del debate sobre la inteligencia artificial.

Byron Reeves y Clifford Nass mostraron hace treinta años que tendemos a aplicar reglas sociales a las computadoras aunque sepamos perfectamente que son máquinas. Sherry Turkle fue más lejos al advertir que podemos terminar esperando más de la tecnología precisamente porque las relaciones humanas son exigentes y la tecnología elimina esos inconvenientes.

Con la inteligencia artificial generativa, esa posibilidad adquiere otra dimensión. John Suler describió hace años el llamado efecto de desinhibición: cuando desaparecen determinadas restricciones sociales, decimos y hacemos cosas que difícilmente haríamos cara a cara. Ante una máquina podemos reconocer sentimientos, formular una pregunta vergonzosa o explorar pensamientos que jamás compartiríamos con otra persona. Pero esa libertad puede mostrar tambien lo peor de nosotros.

Podemos ser autoritarios, crueles, narcisistas, vulgares o simplemente insoportables; insultar a una máquina y, poco después, pedirle comprensión; exigir atención indefinida sin conceder nada a cambio. No habrá reproches, miradas de desaprobación, enemistades ni reclamos. Ahí reside una diferencia difícil de ignorar: la relación conserva muchas de las satisfacciones de la interacción, pero elimina buena parte de sus costos.

Y eso resulta extraordinariamente atractivo. No porque la inteligencia artificial nos comprenda mejor, sino porque exige mucho menos de nosotros. Ningún ser humano puede ofrecernos permanentemente atención, disponibilidad, paciencia y ausencia de juicio. Ni siquiera los “perrijos”.

Una amistad exige escuchar; una pareja obliga a negociar; un compañero puede decirnos que estamos equivocados y los hijos inciden en nuestros planes. Incluso una conversación ocasional nos obliga a interpretar gestos, medir palabras y reconocer límites. Esas pequeñas frustraciones no son defectos, sino la consecuencia de relacionarnos con seres que poseen la misma autonomía que reclamamos para nosotros.

La máquina, en cambio, elimina esa resistencia y proporciona un espacio extraordinario para mostrarnos como somos. Delante no hay una persona a la que podamos decepcionar, molestar o herir. Allí pueden aparecer nuestra generosidad, nuestros temores y nuestras dudas más sinceras, pero también nuestras miserias. La inteligencia artificial aprende sobre quiénes somos, y nos ofrece un lugar donde podemos serlo sin pagar el precio social.

Durante siglos, una parte de la convivencia ha consistido en aprender que nuestros deseos encuentran un límite en los demás. Esperar, escuchar, negociar, ceder, disculparse y aceptar no pueden parecernos pequeñas derrotas individuales, porque son condiciones de la vida en común. Ahora, sin embargo, estamos construyendo interlocutores cuya característica más seductora es que ese límite desaparezca.

Por eso, quizá el riesgo más inquietante de la inteligencia artificial no sea que las máquinas terminen pareciéndose demasiado a nosotros. Puede ser exactamente el contrario: que, después de acostumbrarnos a relaciones hechas a nuestra medida, los seres humanos nos parezcan demasiado humanos.

Pedro Trujillo
Pedro Trujillo

Socio fundador de ConCriterio, S.A., empresa de generación de contenidos periodísticos. Profesor universitario y conductor de radio y TV

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Sobre Pedro Trujillo

Socio fundador de ConCriterio, S.A., empresa de generación de contenidos periodísticos. Profesor universitario y conductor de radio y TV