En el día de la Tierra, le presentamos algunos de los proyectos más novedosos que se realizan en Guatemala para conservar el medio ambiente. Desde la científica que ideó un sistema de inteligencia artificial para conservar el lago de Atitlán, hasta el joven que se propuso llenar el país de árboles, o la arquitecta que diseña casas de bambú que protejan la naturaleza.

  

El planeta agoniza. Hay gente que lo sabe, lo sufre y lucha por detenerlo. José Carlos Moreno apagó su computadora, donde trabajaba páginas web para algunas de las empresas más grandes del país, y se fue al campo, a buscar sitios para reforestar. Dejó su empresa y se dedicó a estudiar árboles. Hoy, cerca de 220 mil árboles del país llevan su mano detrás, y este año se propone duplicar esa cifra. La retalteca África Flores se dedica a monitorear con satélites y a cruzar variables que le ayuden a predecir cuándo, cómo y por qué el lago de Atitlán se contamina con algas. Su esfuerzo por salvar el lago le ha valido reconocimiento y el financiamiento de Microsoft, que erogó 1.2 millones dólares. La arquitecta Elisa de la Roca se reunió con una comunidad en Izabal para diseñar entre todos el Instituto de la aldea. Consiguió financiamiento en Holanda y ahora el pueblo tiene uno de los establecimientos más hermosos del país, con una biblioteca circular,  techo de bambú y paredes de piedra. Todo con un modelo sustentable.

Estos son algunos de los proyectos más novedosos en cuidados del medio ambiente.

 

El bosque bicentenario

La organización Plantemos se propuso este año una meta ambiciosa: plantar 200 mil árboles para conmemorar los 200 años de Guatemala. Desde que empezaron a reforestar, en 2012, hasta la fecha, han sembrado 222 mil árboles; es decir que se proponen lograr en cinco meses casi lo mismo que les ha llevado nueve años. José Carlos Moreno, la mente detrás de la fundación, se siente optimista: los voluntarios nunca le han faltado, incluso en meses de pandemia. Esta vez necesita 24 mil personas que lo ayuden a plantar en ocho departamentos de Guatemala, iniciando el día internacional de árbol, el 22 mayo, para terminar el 12 de septiembre, apenas unos días antes de que Guatemala cumpla su bicentenario.  No pueden extenderse más, dependen de la época de lluvias, así que la tarea será titánica.

Estos meses José Carlos Moreno los ha pasado atareado. Va de un vivero a otro –tienen tres, uno en Sacatepéquez, otro en Quetzaltenango y uno más en Petén–, para revisar las especies que siembra; luego toca puertas en empresas que necesiten reducir su huella de carbono y busca más patrocinadores que le apoyen con los gastos. Es la plantación más grande que se haya hecho en Guatemala. Y lo hacen voluntarios, gente que ama los árboles y no tiene un interés más allá que contribuir con el planeta.

“Los voluntarios pueden venir con confianza porque vamos a tener medidas contra Covid”, advierte Moreno, que además explica que, por tratarse de eventos al aire libre el riesgo es menor, y que cada árbol se debe sembrar con cerca de tres metros de distancia uno del otro, así que el distanciamiento social se cumplirá. La logística para el transporte y reunión dependerá de las regulaciones estatales que estén vigentes en ese momento.

Serán varios eventos para toda la familia. Los que lleguen con niños recibirán árboles en la zona más plana del terreno, los pequeños se podrán entretener con juegos de mesa gigantes y escuchar charlas sobre la importancia de los árboles, también hacer manualidades sobre el tema. Está todo planificado, porque Moreno quiere que sea una experiencia completa, la introducción al amor por el planeta para algunos y la confirmación para otros.

“Les explicamos paso a paso cómo sembrar el árbol y los voluntarios siempre siembran más de uno”, cuenta Moreno, mientras muestra su brazo en el que lleva tatuado un bosque. Hace veinte años no se hubiera imaginado que terminaría apasionado por la ecología y convertido en un experto en árboles y sus especies. Todo empezó en un año nuevo, cuando, junto a algunos de sus amigos, se propuso sembrar mil árboles en todo el año. Lo lograron en un solo día y descubrió entonces su verdadera vocación, también descubrió que muchos jóvenes como él tenían el mismo espíritu. Así nació Plantemos.

El bosque bicentenario fijará, al llegar a su madurez al cabo de cuatro años, 80 mil toneladas de dióxido de carbono anuales, lo que equivale al C02 producido por cien mil personas en un año, y alimentará anualmente con 3.2 millones de metros cúbicos de agua a 18 cuencas hídricas del país.

Cada una de las siembras implica un proceso de cuatro años. En 2021 la identificación de los terrenos y la siembra masiva. En 2022 y 2023 se realizarán monitoreos, riegos, chapeado, y se recuperarán los árboles que murieron. En 2024 se hace una revisión exhaustiva para determinar el porcentaje de sobrevivencia y reemplazar los que ya no estén.

La convocatoria para participar saldrá pronto y el bosque bicentenario empezará a crecer, ayudado por manos de miles de guatemaltecos.

Inteligencia artificial para salvar el lago de Atitlán

África Flores sabe lo que significa la falta de agua. Creció en el cantón Recuerdo Ocosito, en el departamento de Retalhuleu, y vio cómo los ríos cristalinos en los que nadaron sus padres se convertían en aguas contaminadas de las que nada se podía obtener. Para ella y sus hermanos ya no había agua en abundancia. Por eso, quizá, se instaló en su interior el deseo de trabajar por el planeta, de revertir, en alguna medida, esos daños. Empezó estudiando Agronomía en la Universidad de San Carlos. No fue fácil. Es una carrera donde la mayoría de alumnos son hombres y le tocó soportar el machismo constante, pero lo logró, se graduó y tiempo después fue seleccionada para trabajar en el programa Servir, de la NASA, en el que utilizaban imágenes satelitales y datos recopilados por la institución, para monitorear el medio ambiente.

En 2009 algo terrible ocurrió en el Lago de Atitlán, una floración de algas lo puso en riesgo y, si no se actuaba pronto, podría correr la misma suerte que el de Amatitlán, terminar asolado por la cianobacteria. Fue entonces cuando inició el programa en el que trabaja actualmente: inteligencia artificial que pueda predecir cuándo y dónde ocurrirán esas floraciones de algas. Esta información permite a las autoridades actuar con rapidez, y a los encargados de conservación del lago determinar qué hacer para protegerlo.

Para el proyecto recibió una beca de National Geographic y Microsoft, y cuenta con el apoyo de la universidad en la que labora en Alabama, Estados Unidos.

“El objetivo es generar un modelo que pueda pronosticar las floraciones de algas, basados en varios parámetros ambientales, utilizando inteligencia artificial”, explica. “Empezamos haciendo un análisis cualitativo para ver si había algas, dónde estaban y en qué cantidades. Después yo empecé un estudio más detallado para generar un modelo que pudiera cuantificar la concentración de clorofila, para determinar la presencia de algas. Cuantificamos miligramos por metro cúbico de clorofila. Así pudimos ver una tendencia de cuándo estaban ocurriendo las floraciones algales”.

Además, estudiaron 20 variables ambientales y climatológicas, por ejemplo, el nivel de precipitación, la radiación solar, las temperaturas del ambiente y de la superficie del agua, la velocidad del viento. Emplearon una base de datos que va desde el 2009 hasta el 2019, con datos diarios, que les permitieran hacer una correlación entre factores ambientales y el crecimiento de algas.

El modelo está listo. Consiguieron la información suficiente para predecir el aparecimiento de algas que puedan destruir el lago. “Las algas, cuando están en exceso le quitan luz y oxígeno al lago y matan a cualquier ser vivo que esté dentro del lago”, explica Flores. Pronto tendrán un sitio web donde mostrarán los resultados. Mientras tanto, África cosecha éxitos, este año fue nombrada Geospatial Women Champion of the Year

 

Arquitectura para el planeta

Antonio Aguilar trabajaba en la empresa Quetsol llevando paneles solares a comunidades alejadas del desarrollo. Le satisfacía ver cómo lograban aprovechar los rayos del sol para conseguir algo que el gobierno les debía desde hace años: energía eléctrica. Pero luego reflexionaba en que, aunque habían mejorado con la llegada de la electricidad, seguían viviendo en las mismas condiciones de pobreza, seguían careciendo de una vivienda digna. Fue entonces cuando pensó que era necesario un proyecto integral, que además de luz, les diera una casa con servicios completos. Así nació Cassa. Su misión es llevar viviendas que aprovechen los recursos naturales, no dañen el medio ambiente y sean funcionales para las familias.

Sus casas se construyen con materiales naturales, ecológicos, y cuentan con energía solar, captación de agua de lluvia y un sistema eficiente de drenajes que separan las aguas grises de las negras. “Son casas que benefician al planeta y al ser humano. No queremos ser como otras construcciones que explotan los recursos naturales, queremos cambiar el sistema de construcción en Guatemala”, explica la arquitecta Elisa de la Roca, directora de diseño. El principal material con el que trabajan es el bambú, “para nosotros el bambú es un salvador”, explica Roca, “el bambú se puede sembrar, uno lo corta y no lo está talando, es como grama, además es el mayor captador de Co2, ayuda a reducir los gases del efecto invernadero y es antisísmico”, agrega.

Uno de los proyectos de los que Roca se siente más orgullosa es el Instituto Puente, edificado en la comunidad de Punta Brava en el departamento de Izabal. El edificio que alberga la secundaria es una construcción hermosa, luminosa y espaciosa que fue diseñada en conjunto con la comunidad. Todo inició cuando Edwin Xol, un joven de la localidad, estudió becado en la Universidad Francisco Marroquín, al graduarse quería llevar desarrollo a su aldea y por eso buscó a Cassa, para proponerles un proyecto: construir un instituto. Elisa y el equipo de Cassa viajaron a la comunidad y entonces, ayudada por los pobladores, hizo el diseño. Descubrieron que cerca había un río y que podían utilizar las piedras, casualmente también había bambú en los alrededores. Cuando el diseño quedó listo viajaron a Holanda para presentarlo, regresaron con la mayoría de los fondos para poder construirlo. El resto lo aportaron Cocodes y algunas familias con propiedades en la zona.

La construcción fue en equipo, todos querían ayudar, incluso niños, alumnos de básicos ayudaron a recolectar piedras y llevarlas para así sentirse parte en la edificación del instituto que les permitiría continuar sus estudios. “El instituto es parte de la comunidad, cocreado por ellos y por eso lo sienten propio”, explica de la Roca.

Las viviendas de Cassa no son más económicas que una tradicional, Roca estima que cuestan lo mismo, pero lo que sí es seguro es que sus dueños ahorrarán mucho en servicios. Además, les quedará la satisfacción de que en la construcción de su casa no se dañó el planeta, algo que no tiene precio.

Monitoreo satelital de bosques

En 2019 la Gremial de productores de palma hizo una promesa: no deforestarían ni una sola hectárea de bosque nacional. Se comprometieron pública y voluntariamente, y para asegurarse de que lo cumplirían decidieron emprender un monitoreo satelital que les permitiera registrar con certeza dónde hay bosque y dónde hay palma.

“Necesitábamos tener una organización, ajena a nosotros, que diera fe de que el compromiso se estaba cumpliendo”, explica Karen Rosales, directora de Grepalma, por eso contrataron a Satelligence, una compañía holandesa dedicada a los monitoreos con satélite. “Ellos van a entregarnos los primeros resultados a finales de abril”, explica Rosales, en adelante, ofrecerán un reporte quincenal en el que se demuestre que los bosques siguen allí, intactos.

El monitoreo, además de ayudarles a demostrar el cumplimiento de su compromiso, también sirve para alertar a las autoridades si existe deforestación asociada a otros factores, como la causada por incendios, invasiones o talas ilegales. “Queremos proteger el bosque”, es su lema.

El compromiso es a futuro, pero les interesa también el pasado. Satelligence también revisará imágenes satelitales desde 1985 hasta 2020 para determinar si las plantaciones de palma, en algún momento, eliminaron bosques. “Vamos a hacer una revisión histórica de los terrenos, queremos ver si antes era bosque, pero después fue finca de ganado o de otros cultivos y de ahí pasó a la palma”, cuenta Rosales. En el caso de que confirmen que fue la palma la que deforestó, los agremiados se comprometieron a compensar el daño sembrando más árboles de los que talaron. “Queremos asegurarnos de que las empresas de palma no tengan crecimiento a costa de la deforestación, este monitoreo nos ayudará a saber la tasa de deforestación histórica asociada a la palma”, cuenta Rosales, que lo tiene claro: “sin bosque no tenemos nada”.

“Vamos a monitorear los cambios en la vegetación combinando radares e imágenes de satélite, en vivo, para detectar cualquier cambio de forma inmediata”, informa Satelligence.

Cerca del 55 por ciento de los productores de palma están asociados, sin embargo, el satélite revisará el cien por ciento de la producción de palma. Grepalma estima que en Guatemala hay 171 mil 400 hectáreas de palma, lo que representa el 2.3% del área cultivable del país, es un cálculo que actualizarán con el monitoreo.

Pozos con agua de lluvia

La agropecuaria Popoyán creó un sistema de almacenamiento de agua de lluvia que ha ayudado a pequeños agricultores a cuatriplicar su producción. Es un sistema simple, que no requiere de demasiada tecnología ni mucho espacio para su instalación. “Consiste en membranas plásticas impermeables que se colocan en una excavación de 8×8 metros de área y 2 metros de profundidad.  Se cubre con malla sombra para impedir el ingreso de luz y evitar el crecimiento de algas”, explican los creadores.

Le bautizaron como Capp, que significa Cielo-Agua-Planta-Popoyán, y puede almacenar unos 100 metros cúbicos de agua, lo que equivale a 500 toneles de 200 litros. Con este volumen de agua puede irrigarse durante un ciclo completo, 400-500 metros cuadrados del cultivo de tomate; o bien, 800 a 1000 metros cuadrados de arveja en tiempos de verano.

“Tenemos la experiencia de productores de arvejas, tomates y cebollas que han logrado producir un ciclo más con el agua de los KitCapp.  En el caso del café, con el agua del reservorio se ha implementado fertirriego por goteo, pasando a producir 4 quintales por cuerda (441 metros cuadrados) con esta tecnología, lo cual supera por mucho la productividad que se logra sin fertirriego, la cual no llega, en muchos casos, a un quintal por cuerda”, explica la representante de la agropecuaria.

Los Capp son de bajo costo y están disponibles para cualquier agricultor, en cualquier parte del país.