En el confinamiento las empresas y las instituciones educativas se topan con un nuevo desafío en sus conexiones en línea: garantizar profesionalismo a través de pantallas.  Maritza Ochoa, directora de una firma de consultores en recursos humanos, dice que el espacio virtual creó nuevos protocolos, aunque las reglas viejas permanecen. A ella le parece importante advertir si alguien más puede oír la llamada, observar a la cámara, estar en un lugar silencioso y   vestirse presentable.  

Aunque no todos cumplen las normativas, ella cuenta: 

“La persona se tiene que mover y ¡oh sorpresa! vimos que está casi en pijama”.  

No solo ocurre en entrevistas de trabajo. Marcela Alvarado, estudiante de quinto grado primaria en el Colegio Valle Verde recuerda: “Una vez un niño apareció en la cama y lo sacaron de la clase porque no estaba en el lugar adecuado.” 

Además de estar en un ambiente presentable, la institución impone reglas nuevas: 

“Tenemos 5 minutos para conectarnos o contamos como ausente; nos obligan a encender la cámara; el micrófono debe estar en mute; en zo om hay una cosa para levantar la mano y para hablar, hay que poner eso.” 

Una práctica común entre los estudiantes es modificar su fondo de pantalla dice Alvarado: 

“Hay un niño que siempre se pone el uniforme y de fondo una foto del colegio y siempre que se mete la directora, lo felicita.”

Aunque no todos reciben una felicitación:

 “Al principio todo mundo ponía fondos y a los maestros no les importaba, pero después mandaron una regla que decía que debías tener el fondo de tu casa…Porque había gente que ponía una foto de coronavirus” relata Alvarado. 

Marvin del Cid, profesor de periodismo en la Universidad Da Vinci, se ha topado con   problemas en la modalidad de educación a distancia. Sus estudiantes manchan su pantalla: 

“En un período de clase normal yo empece a notar que aparecían unas líneas en una de mis presentaciones y luego de ello alguien dibujo un totito en una de las diapositivas.”

Los entrevistados coinciden en las reglas presentadas, pero difieren en su criterio sobre el uso de la cámara. Mientras Del Cid da libertad, a Isabel Reyes, auxiliar de la facultad de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales en la Universidad Francisco Marroquín, le parece esencial. “Es de mala educación no tener la cámara activada, yo siempre la activo por respeto, para qué sienta que ahí hay alguien.”

Sergio Rivera, de 24 años, trabaja como ejecutivo de cuenta en una multinacional y explica que siempre ha hecho videollamadas. Pero observa cambios en el uso de la cámara debido a la pandemia:

“Antes, siempre teníamos que tener la cámara para ser un poco más profesionales. Ahora, la gente tiende a no ponerla tanto. Pasa mucho porque como todas las personas están trabajando en casa no se sienten tan cómodos y como casi nadie la tiene prendida, no se considera de mala educación… Cuando sí se necesita hacer una presentación súper profesional siempre se tiene qué poner la cámara.”