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Bukele y el fentanilo de la política
La mayoría de los ciudadanos aprueban y consolidan un régimen sin advertir que terminará por devorarlos.
Publicado el 09 Feb 2024

El efecto Bukele es algo digno de estudio por los modernos tratadistas de la filosofía política. Los principios introducidos por Dahl y Lippmann sobre la democracia parecen ser no validados para un pequeño país -El Salvador- que prefiere un autoritarismo con “seguridad pública” que valores tradicionales de alternabilidad en el poder, Estado de Derecho, y otras cuestiones no menores relacionadas con valores clásicos de la democracia liberal.

Preocupante que a estas alturas, no se conozcan los resultados electorales en “el pulgarcito de Centroamérica”. Un fallo en el sistema de presentación de votos -que no en el de conteo, razón que lo hace más oscuro- detuvo el programa que el Tribunal Supremo Electoral utilizaba para mostrar a la ciudadanía cómo evolucionaban los resultados que, insisto, debieron siempre haberse contado a mano y tener un resultado definitivo -o provisional- a estas alturas.

Y es que al “presidente reelecto” no le interesa tanto su persona, porque ya modificó todo lo necesario para saltarse lo estipulado en la constitución del país, como el número de diputados que necesita en la Asamblea Nacional para reformar profundamente una constitución que tiene que adaptar a sus desmedidas ambiciones. Los autoritarios -luego dictadores- pasan una línea a partir de la cual es más fácil seguir avanzando que retroceder, porque los problemas que encontrarían son tantos que no le es rentable. Así ocurrió en Cuba, Venezuela o Nicaragua, y se vaticina que será en El Salvador. Más de 70,000 detenciones, la mayoría ilegales, además de fallecidos y desaparecidos en prisión, generarán señalamientos juridiciales difíciles de solventar en el futuro, por no hablar del nepotismo.

Y es que las dictaduras existen porque las democracias lo permiten. Sin resultados oficiales todavía, ya ha sido felicitado por diferentes presidentes y organizaciones internacionales que validan un inexistente conteo de votos y ensalzan la figura del personaje por encima de principios de la democracia, con el deseo seguramente -como buenos políticos- de que a ellos les gustaría contar con ese clamor popular que todo lo puede en nombre del “pueblo”, y verse reelectos de por vida. En el fondo no hay mucha diferencia entre unos y otros políticos porque todos están hechos del mismo barro.

Así las cosas, la mayoría de los ciudadanos aprueban y consolidan un régimen sin advertir que terminará por devorarlos. Ya lo mostró el Latinobarómetro y otras publicaciones por años: el ciudadano centroamericano es capaz de sacrificar la democracia por garantías sociales inmediatas. Dicho de otra forma: dame pan y dime tonto, en un ansia por arreglar lo inmediato de su vida y entorno, que de consolidar pilares fundamentales sobre los que construir un espacio social de futuro. La democracia parece ser la tribuna desde la que toda promesa es posible, sin hacer un mínimo cálculo de daños ni tampoco económico, y el voto popular mayoritario termina por colocar a ciertos personajes al frente de importantes instituciones.

Después de 16 meses, gobernar bajo estado de excepción -¿dónde estará la excepción- se ha normalizado y como dijera Benjamin Franklin: “Aquellos que renunciarían a la libertad esencial para comprar un poco de seguridad temporal, no merecen libertad ni seguridad”. El punto medular es que eso se advertirá, por cegados votantes, en unos años cuando ya sea imposible dar marcha atrás y entonces vendrán las condenas internacionales y el afligir nacional -de quienes ahora consiente- frente a un fenómeno que se había advertido, pero que el tiempo político no era el adecuado.

No es de recibo la cantidad de estragos intergeneracionales de compleja solución a futuro, especialmente cuando se hipoteca el devenir de las nuevas generaciones ¿Para qué tanta evolución social?

www.miradorprensa@gmail.com

Sobre <a href="https://concriterio.gt/author/ptrujillo/" target="_self">Pedro Trujillo</a>

Sobre Pedro Trujillo

Socio fundador de ConCriterio, S.A., empresa de generación de contenidos periodísticos. Profesor universitario y conductor de radio y TV