Con nocturnidad —y también con alevosía— se aprobó el Presupuesto 2026. Algunos de los que hoy firman con mano firme (SEMILLA) son exactamente los mismos que, en años anteriores, se rasgaron amargamente las vestiduras porque el presupuesto se aprobaba de madrugada, aunque era mucho menor que el de ahora. Qué curioso, ¿No?, la indignación parece tener fecha de caducidad, y expira en cuanto se obtiene una curul y un poco de poder. La ética, esa cosa tan incómoda que te direcciona hacia el bien, la sacan sólo cuando conviene, como quien desempolva un traje viejo para una foto.
Y no fueron pocos los diputados que participaron en esta obra: oficialismo y oposición —si es que ese concepto todavía significa algo— se abrazan cuando hay millones de por medio, y luego se declaran enemigos mortales a la hora de posar para la prensa o abordar otros temas. ¿A quién creen que engañan? Al menos podrían hacer un mejor esfuerzo de actuación.
Repartieron alrededor de Q6,000 millones a los CODEDES, que sumados a la reforma aprobada hace poco, les deja un botín cercano a Q19,000 millones para gastar —o, para usar la palabra correcta, rapiñar— en 2026. Todo esto, casualmente, un año antes de las elecciones generales de 2027 y en plena víspera de las “específicas” del año entrante. Coincidencias de la vida política, dirán.
A las ONG también les cayó su pedazo de pastel: Q2,400 millones. Algunas de ellas existen únicamente como una página de Facebook abandonada desde hace años; otras sobreviven gastando el 90% de su presupuesto en papelería, gasolina, alquiler y sueldos, que es la forma elegante de llamar a un modus vivendi construido por aprovechados de cuello blanco. Y luego nos preguntamos por qué los políticos corruptos ganan elecciones: pues porque los votan ciudadanos igual de indulgentes con la corrupción, que son los mismos que se quejan de ello a diario.
Con el presupuesto autorizado lo único seguro es que nos queda es una deuda per cápita que ronda los Q16,000 por habitante. Sí, sus hijos —incluso los que aún no han nacido— ya están endeudados gracias a los próceres que administran lo público como si fuera caja chica familiar. La mayoría madrugamos y desde horas de la madrugada nos afanamos en generar esos recursos; ellos se los quedan y además se levantan un poco más tarde. Luego ponen sus sirenas para que les demos paso, mientras atorados en el tráfico los maldecimos y nos apartamos cobardemente a un lado de la vía, ¿De verdad no nos damos pena?
Y como postre, unas partidas memorables: Q52 millones para una reunión en el país que hará el Ministerio de Finanzas, y hasta Q600 mensuales para pago de celular para “cargos del ejecutivo”, aunque usted y yo pagamos Q200 y todavía nos sobran minutos, datos y dignidad.
Son vividores de lo público, gente que jamás ha administrado un centavo con eficiencia —¿Cómo podrían hacerlo si nunca lo han intentado?—. Una mirada rápida al perfil de varios diputados revela un catálogo poco edificante: adolescentes poco refinados, profesionales recién estrenados, oportunistas de ocasión y una legión de desconocidos que repiten el mismo libreto de siempre. Sí, alguno se salva pero no los suficientes como para cambiar el olor del recinto.
Cuando así actúan los votantes, dejan de ser víctimas y pasan a ser cómplices. Porque al final, tenemos los políticos a los que nos parecemos, los que reflejan lo que toleramos, justificamos y estamos dispuestos a dejar pasar con tal de no incomodarnos.
Esa es la única manera de explicar cómo, teniendo un voto libre, insistimos en elegir a los mismos ineptos y vividores de siempre. Los mismos que ya demostraron de lo que son capaces. Tal vez nos falten bemoles o neuronas, pero seguramente también dignidad y decencia. Y mientras sigamos alimentando este círculo vicioso, no habrá presupuesto, partido ni diputado que podamos cambiar.
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